Enviado por Macario Sandoval
Análisis Político y Social Nacional e Internacional de Venezuela y el
Resto del Mundo
Director: Diego
Olivera. Jefe De Redacción: Miguel
Guaglianone
Parte
I
Omar José Hassaan Fariñas
La “Mano Dura”
Desde que inició este último
capítulo de la larga y repetida saga de actos violentos para derrocar al
gobierno constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, empecé a
escuchar – con un poco de preocupación – opiniones que circulan dentro
del propio ámbito social del chavismo sobre la respuesta actual del gobierno
nacional a la violencia de las hordas fascistas, criticando las acciones del
gobierno por una supuesta ausencia de “mano dura” que pueda imponer un fin definitivo y contundente a
esta serie de actos repletos de terror y violencia, y que amenazan con consumir
a todos los venezolanos.
Me imagino que con la expresión “mano dura”, se refieren
al empleo de la capacidad bélica o coercitiva de los órganos de seguridad del
Estado para desplazar a los grupos violentos e imponer el orden público
mediante la fuerza. Para ser más preciso, utilizar la Guardia Nacional y los
órganos policiales para imponer el orden, suspender y dispersar las marchas y
las protestas, utilizar municiones “activas” (reales) y someter a todos los
manifestantes, sin diferenciar entre los mismos, con la esperanza de que el
miedo de la “mano dura” pueda dispersar sus esfuerzos y neutralizar el intenso
activismo político y las expresiones altamente violentas que exhiben ciertos
sectores de la oposición.
Comprendo la preocupación de los militantes bolivarianos,
a la vez de los otros ciudadanos de la República, que aunque no comparten
los criterios de la Revolución
Bolivariana, repudian y rechazan las actuaciones de las bandas delictivas que
pretenden asesinar, herir y destruir en nombre de la “patria”. Pero a la vez, quiero
expresar mi gratitud a Dios, todo poderoso y misericordioso, que efectivamente
el gobierno bolivariano NO
se encuentra en la actualidad desarrollando una estrategia de “mano dura” en
respuesta a la situación que viene desarrollándose en el país desde el 12 de
febrero (en realidad, este nuevo proceso golpista inició el 2 de febrero de
2014 – en el Estado Nueva Esparta – cuando estos mismos fascistas
atacaron el equipo de beisbol cubano durante la Serie del Caribe).
El gobierno bolivariano ha tomado una serie de medidas,
que si se analizan desde una óptica global, podemos observar que surge de las
mismas una estrategia bastante coherente y metódica, que no obedecen estímulos
“mercuriales” o “apasionadas” y que ignora los
impulsos instintivos más básicos y emotivos, a favor de la razón, la lógica, y
sobre todo, la sabiduría en el manejo de esta agresión política, económica y
social que enfrentamos todos los venezolanos. Podemos, por el momento,
denominar el conjunto de medidas y acciones por parte del gobierno nacional
como la “Estrategia de
Maduro”, aunque en realidad, y si le preguntamos al mismo
Presidente, nos diría que la misma fue, es y seguirá siendo la estrategia del
propio Comandante Hugo Chávez Frías.
A criterio de quien suscribe, evaluar la estrategia del
Presidente Maduro requiere de una visión que transcienda lo meramente local o
nacional, producto –en primer lugar– de las semejanzas entre la
situación venezolana y otras instancias en el sistema internacional que padecen
de esta misma “enfermedad crónica”,
quienes por lo general son gobiernos que no se circunscriben a las políticas de
Washington. Pero en segundo lugar, la visión analítica que proponemos aquí debe
transcender lo local (nacional), específicamente a raíz de que los verdaderos
actores intelectuales de la agenda sangrienta contra Venezuela no viven en este
país. La estrategia del Presidente Maduro para neutralizar la agresión terrorista es la única verdaderamente
válida para salvar no solamente a la Revolución, sino a la democracia y hasta
el propio país y todos sus habitantes, aunque los “movimientos estudiantiles” de la oposición no lo crean. A
continuación, en este documento que se divide en dos partes, esperamos
demostrar la veracidad de lo que acabamos de señalar.
Lo Que se Busca
Definitivamente, el Presidente Maduro no ha utilizado la
“mano dura” que tanto anhelan y desean los grupos fascistas que se imponga,
pues más allá de ciertos incidentes aislados por parte de la Guardia Nacional (con miembros de
la misma bajo investigación por el Estado a raíz del uso desmedido de la
fuerza, asunto que nunca sucedió durante el Caracazo) y negarle a los
manifestantes la posibilidad de “invadir”
el Este de Caracas después del daño que le causaron a la sede de la Fiscalía de la República y la zona
del Parque Carabobo, los actos violentos
continúan –y con muy pocas restricciones– en sus supuestos “bastiones” en partes del oeste de
la capital del país, a la vez de la ciudad de Maracaibo y el Estado Táchira.
Estos agentes fascistas que “operan” en estos puntos aislados del país “sueñan”
con lograr dos victorias políticas/mediáticas estratégicas,
y que podemos resumir en los siguientes puntos:
·
Lograr
la expansión de las protestas violentas hacia todo el interior del país, con
manifestaciones y actos violentos en múltiples focos, preferiblemente en los
barrios y las zonas más pobladas de la nación, lo que podemos identificar como
la estrategia de “incendiar
el país”. En este
sentido, el “volumen” de
las demostraciones no es tan importante como la presencia de los actos
violentos y anti–constitucionales en múltiples
focos geográficos. Ya el asunto del “volumen” sería trabajo de los
medios de comunicaciones, quienes son expertos en el arte de maquillaje y
montaje de las cifras y la realidad en general, representando una concentración
de cien elementos violentos como una de miles y miles de “luchadores”
pacíficos. Si se generan actos violentos, se les atribuyen todos al gobierno, y si no existen
los mismos, se fabrican, asunto demasiado factible y realizable para los
expertos en guerra psicológica de los medios de comunicaciones nacionales y
globales.
·
Provocar
una serie de respuestas violentas por parte del Estado o de los grupos adeptos
a la Revolución Bolivariana. Nada es más deseado y anhelado por parte de las
hordas fascistas que poder reproducir en Venezuela lo que sucedió en las plazas
de Al–Nahda y la Mezquita
de Rabaa al–Adawiya de la ciudad del Cairo
en agosto de 2013, o en el Maidan
Nezalezhnosti (Plaza de la Independencia) de la ciudad de Kiev en
febrero de 2014. En Egipto, las masacres de agosto de 2013 dejó un saldo de más
de 600 muertos (la oposición en ese país señala una cifra mucho más alta),
mientras que las protestas sangrientas en Kiev lograron –luego que
exitosamente pudieron provocar el gobierno de ese país a generar respuestas
violentas– destruir el gobierno del Presidente ucraniano Viktor Yanukovych. Los medios de
comunicaciones globales –en cooperación con las hordas que tanto desprecian
la democracia en Venezuela– pueden magnificar a dimensiones astronómicas
los sucesos en las calles, pero para eso necesitan que “algo” suceda, para
poder magnificarlo. Claro, siempre pueden inventar o crear “represión” de la nada (veamos como
las fotos de actos de represión en otros países fueron atribuidas al gobierno
venezolano), pero estas fabricaciones nunca poseen la misma contundencia que
pudiera exhibir “un poquito de
represión” verdadera.
Este último punto nos ayuda a identificar correctamente
el verdadero enemigo que enfrenta el pueblo venezolano: no son las hordas
fascistas, ni sus aliados de los medios de comunicación nacional, ni tampoco
los “dirigentes” de la MUD (quienes son “dirigidos” en vez de “dirigir” ellos
mismos). Los verdaderos enemigos son quienes requieren de los eventos o sucesos
que puedan producir todos los “elementos”
nacionales para poder tomar acciones políticas, diplomáticas, institucionales y
económicas en el ámbito internacional y que conjuntamente puedan destruir –progresivamente–
el gobierno y hasta todo el país si es necesario. Si el plan resulta en la
destrucción masiva del país objeto de la agresión, pues no importa: en primer
lugar, no es su país, es
el de otros, y en segundo
lugar, la destrucción solo implica más “contratos de reconstrucción”
para los actores intelectuales de la agresión imperial. El verdadero actor que
controla las “marionetas”
fascistas en Venezuela es el mismo actor que impuso su voluntad en Irak,
Afganistán, Siria, Libia, Egipto, Ucrania y tantos otros países del mundo: el
gobierno de Estados Unidos y sus múltiples “tentáculos” institucionales, organizacionales y económicos.
Quienes reprocharan al Presidente Maduro desde el
oficialismo por no aplicar la llamada “mano dura” contra las hordas fascistas,
aun no comprenden la verdadera naturaleza del enemigo de la Revolución
Bolivariana, un enemigo que se encuentra esperando –pacientemente– por
esas mismas acciones de mano dura que tanto demandan y solicitan. No queda duda
alguna que la República Bolivariana de Venezuela y los ciudadanos que rechazan
la violencia en la misma –una mayoría abrumadora– se encuentran
sometidos a una guerra sistemática y sin piedad, en eso todos estamos claro. Lo
que no les queda claro a ciertos comentaristas o simpatizantes del chavismo es que tipo de guerra se le esta
aplicando al país, quienes verdaderamente la dirigen, y que tipo de evolución
debe tener la misma para lograr sus objetivos.
Las Guerras de IV Generación
La guerra que se le aplica al país en la actualidad posee
muchos nombres: Guerra de IV
Generación, Guerra
Psicológica, “Golpe Suave”,
Guerra de Baja Intensidad,
“Revoluciones de Colores”,
etc. Aunque tiene varias “etiquetas”, este tipo de conflicto siempre exhibe una
serie de tácticas bastante monótonas, repetitivas y consistentes, de la misma
manera que los dictámenes del Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional se
aplican por igual a todos los países del Sur, sin percibir cualquier tipo de
variedad entre economías tan complejamente diversas como la de Venezuela,
Egipto o Sudáfrica. Indiscutiblemente, y disculpen si les presento un argumento
tan obvio y elemental, estas formas de guerra no se realizan mediante el empleo
de tanques o buques de guerra (aunque durante las etapas finales de la misma,
sí se requiere de dichos instrumentos de guerra, como se pudo ver en Libia). Lo
que quizás no sea tan obvio, es que las estrategias coercitivas tal vez no sean
las respuestas más adecuadas o convenientes para neutralizar estos tipos de
agresiones. Las guerras de IV Generación son operaciones “delicadas” y hasta incluso
pudiéramos decir “quirúrgicas”,
asuntos verdaderamente delicados y refinados, en los cuales el empleo desmedido
de la fuerza, o la política del “garrote,”
haría más daño que beneficio. A continuación, haremos una breve descripción de
las supuestas Guerras de IV Generación –desde la perspectiva operativa de
las potencias imperiales– lo cual constituye el objetivo de la primera
parte del análisis actual.
Las Guerras
de IV Generación,
irónicamente, se refieren originalmente a las guerras de guerrillas empleadas
por un ejército o un movimiento popular y/o nacionalista para derrocar a una
dictadura amparada por las estructuras de un Estado–Nación. Originalmente
conceptualizado por el norteamericano William Lind y un grupo
de militares de ese país, el término constituye una serie de respuestas “novedosas” (en realidad, son
tácticas bastante antiguas) por parte de movimientos o actores no estatales que
trataban de desplazar las ocupaciones militares e imperiales de Estados Unidos
durante la Guerra Fría. Al encontrarse en una correlación de fuerzas altamente
asimétrica en relación a un enemigo que posee bombarderos, tanques, buques de
guerra y armas químicas y biológicas, las entidades no estatales o los
movimientos guerrilleros utilizaban tácticas de enseñanza y/o propaganda,
organizaciones sociales
de carácter político y militar, operaciones
clandestinas, tácticas de
“hit and run” (atacar y
correr), confusión sistemática,
entre otras, para superar la brecha tecnológica y las capacidades logísticas
que poseen los Estados y los ejércitos invasores.
Ciertos elementos de este tipo de lucha fueron
paulatinamente empleados por las mismas potencias occidentales cuando les llegó
el turno de derrocar gobiernos y destruir “estados enemigos”
desde adentro, aunque ya dichas estrategias fueron puestas en práctica durante
la Guerra Fría y no después, como ciertos expertos alegan. Los golpes de estado
contra los gobiernos nacionalistas y antiimperialistas de Jacobo Arbenz en Guatemala y Mohammad Musadag en Irán son ejemplos de la versión imperial
de las estrategias de Guerra de IV Generación. En la versión supuestamente “posmoderna” (periodo pos–Guerra
Fría) de las Guerras de IV Generación, el concepto desarrollado por Lind y sus
amigos militares evoluciona a raíz de las múltiples contribuciones
intelectuales por parte de organizaciones políticas norteamericanas, entre las
más importantes podemos señalar al “Instituto Albert Einstein” de Gene
Sharp, los “Soros Founation”
y “Open Society Foundations”
de George Soros, el “International Center for Nonviolent Conflicts” (ICNC)
de Peter Ackerman y Jack Duvall, el “Freedom House” de William H. Taft IV, la “National Endowment for Democracy”
(NED) de Carl Gershman y el “International Republican Institute” del senador estadounidense John McCain. En este tipo de
conflictos, se traslada el campo de batalla desde el espacio tradicional
clausewitziano (campo de batalla abierto) y hacia las ciudades y los centros
civiles, urbanos e industriales. Los
contornos del campo de batalla resultan imprecisos, sin exhibir “frentes
identificables”, y la distinción entre “civiles” y “militares”
es por lo general muy tenue. Las posibilidades que
brinda el desarrollo tecnológico (especialmente la tecnología de las
comunicaciones y la información) permiten que uno de los “guerreros” más claves
en este tipo de conflictos sean los medios de comunicaciones globales, empleando
los mismos conceptos de enseñanza, propaganda y confusión sistemática de las
guerrillas, pero contra un gobierno popular y nacionalista.
Las “Vitrinas Políticas”
El elemento más importante de esta estrategia para las potencias
agresoras es conseguir, fomentare, organizar, articular y financiar grupos
nacionales adeptos a sus causas, es decir, adeptos con sólidos
intereses económicos sectoriales,
aunque la masa poblacional que debe eventualmente actuar a favor de dichos
sectores no poseen ningún interés económico compartido, sino meramente una
fuerte identificación ideológica. Luego se inicia la búsqueda de elementos en la
sociedad que pudieran legitimar discursos políticos que descalifiquen el
gobierno objeto de la estrategia de derrocamiento. Ahora bien, si los partidos
políticos tradicionales opuestos al gobierno no poseen dichos credenciales (por
estar desacreditados, “momificados” o divorciados de las realidades sociales
del país), se busca el apoyo en otros grupos sociales, como por ejemplo los grupos
juveniles y los estudiantes, quienes son muy adecuados para ejercer la función
de “vitrinas políticas” para quienes no poseen viabilidad política. No sería la primera vez que
el gobierno de Estados Unidos utilice grupos estudiantiles altamente conservadores
como “carne de cañón” para una invasión o una desestabilización subversiva.
El historiador norteamericano Nicholas
Cullather, de la Universidad de
Indiana, fue contratado en 1992 por la CIA como historiador para elaborar un
libro titulado “Operation PBSUCCESS: The United States and Guatemala
1952–1954” (Operación PBSUCCESS:
Estados Unidos y Guatemala 1952–1954) desclasificado en 1997, y que luego formó
parte de un libro comercial titulado “Historia Secreta: El Recuento Clasificado de la CIA y sus
Operaciones en Guatemala, 1952–1954“ (Secret
History: The CIA´s Classified Account of its Operations in Guatemala, 1952–54) publicado en 1999. En estas obras, Cullather señala
cómo la CIA estimuló la creación de una red de estudiantes
de la Universidad de San Carlos para las actividades que ellos denominaron
“anticomunistas”. Aquí nos referimos al “Comité de
Estudiantes Universitarios Anticomunistas (CEUA)”, creado
por Mario
Augusto Sandoval Alarcón (quien iría a dirigir los
escuadrones de la muerte de la CIA en Guatemala durante los 1970 y 1980), e
integraba elementos estudiantiles contrarios a Arbenz, muchos de ellos
pertenecientes a las clases sociales afectadas negativamente por las reformas
agrarias de la Revolución Guatemalteca de 1944.
Estos estudiantes fueron
entrenados por los norteamericanos en métodos de propaganda: consignas antigubernamentales, repartir volantes e,
incluso, fueron los encargados de distribuir artículos de prensa falsos, escritos
naturalmente por los especialistas en guerra sicológica de la CIA. Estos
“agentes estudiantiles” de la CIA distribuían material subversivo, utilizando
rumores y difundiendo ideas en contra del gobierno: “Las tierras comunistas son
tierras temporales” o “quienes reciben tierras de los comunistas son comunistas”,
entre tantos otros eslóganes y campañas, todas con el objetivo de generar el
pánico y la duda en la sociedad guatemalteca. Los estudiantes de la CEUA
recibían apoyo del “Comité
Anticomunista de Locatarios de los Mercados de Guatemala”,
como también del “Comité
Coordinador Anticomunista” y el “Frente Anticomunista de Liberación”,
quienes trabajaban en la difusión de rumores y panfletos anticomunistas.
No solo eso, sino que
igualmente participaron en actos de sabotaje como la destrucción de una torre
eléctrica en Salamá, Baja Verapaz.
Estos actos se dieron dentro del marco de los eventos del 29 de marzo de 1953,
cuando 200 mercenarios tomaron Salamá (ciudad
guatemalteca) durante 17 horas, y fueron asistidos por el CEUA y la Asociación General de Agricultores
(AGA). La revuelta fue controlada, pero
ya con ese primer esfuerzo se estableció un patrón de acción. Cuando el
gobierno de Arbenz desarticuló la CEUA, varios de sus líderes se fugaron a
Honduras y constituyeron el núcleo central del programa contrarrevolucionario,
el llamado “Comité
de Estudiantes Universitarios Anticomunistas de Guatemala en el Exilio”
(CEUAGE), igualmente controlado por la CIA.
La “Bola de
Nieve”
Continuando con nuestro
análisis, al fomentar movimientos sociales conservadores y movilizarlos
políticamente, inicia la etapa de las manifestaciones, huelgas, paros
sindicales, todas actividades amparadas por la Constitución y las leyes del
país, si el mismo posee un sistema democrático, naturalmente. En líneas
generales, la idea es utilizar la Constitución, los marcos jurídicos y los
derechos políticos y sociales de un sistema democrático en contra del
mismo pueblo que apoya su gobierno electo. Estas manifestaciones y huelgas, en
ciertos momentos precisamente calculados, se deben transformar en acciones
bélicas, desestabilizadoras y de sabotaje, con el fin de fomentar el caos
necesario para debilitar las funciones de coordinación y logística, que son las
ventajas más grandes que posee un Estado en caso de una invasión o una subversión.
Los medios de comunicación
entran en el escenario con su efecto
multiplicador, seleccionando (o fabricando) ejemplos aislados de
violencia estatal contra los mismos grupos violentos y subversivos,
transformando los mismos de agresores a “pobres víctimas”,
lo cual debería alimentar las protestas con aun más adeptos de la población
nacional – horrorizados e indignados por la “brutalidad” del Estado y sus malvados “secuaces” (simpatizantes el gobierno) – hasta
poder estimular el llamado “snowball
effect” (el Efecto “Bola de Nieve”). La expresión antes
señalada es un término figurativo que alude a cualquier proceso que inicia de
manera reducida o insignificante pero que con el tiempo, la repetición y la
persistencia, va adquiriendo cada vez más “momento lineal” o momentum,
eventualmente alcanzando características o proporciones potencialmente
peligrosas y catastróficas.
Finalmente, al adquirir un
nivel “adecuado” de caos e inestabilidad (una “bola de nieve” que se
transforme en una “avalancha”), y al regarse estos efectos por varias
partes o “focos” del país, se genera la sensación de una gran calamidad
nacional, cuando en realidad la misma no supera unas cuantas urbanizaciones
dispersas y aisladas, lo cual aporta el momento ideal para aplicar el golpe mortal
(golpe de gracia) que ayuda a transformar la apariencia en una realidad: una
acción militar o paramilitar, un acto terrorista u otro tipo de acción que “empuje” el
país en una de dos direcciones: o colapsa el gobierno y reina el caso, que por
lo general es un proceso de corta duración, producto de que los aliados locales
de las potencias imperiales ya están preparados para “llenar el vacío de poder”
que ellos mismos propiciaron en primer lugar (los elementos fascistas en la
Ucrania del 2014, por ejemplo), o el esfuerzo logra desestabilizar el gobierno
solamente de manera parcial, lo que nos lleva a una guerra civil sangrienta,
que siempre es “alimentada”
desde afuera. Si mis palabras no logran convencerlos, pues vean a la Siria de
la actualidad, o recuérdense de la breve guerra civil en Libia.
En la próxima sección de este
análisis, evaluaremos las estrategias (o contra–estrategias)
que debe emplear un Estado y una sociedad para darle respuesta a una agresión
imperialista coordinada por sus aliados fascistas en el territorio nacional.
Publicación Barómetro 06–03–14
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Publicado por Yadira Gonzalez /Comunicadora popular

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